En Arroyo Seco hay algo que sigue corriendo aunque ya nadie pueda verlo. No aparece en los mapas modernos. No tiene puentes. No arrastra agua hacia la bahía. Pero sigue ahí. Debajo del asfalto de calle Entre Ríos, debajo de los adoquines gastados, debajo del ruido de los ómnibus y de la memoria de los vecinos, todavía parece respirar el viejo arroyo Seco: aquella pequeña corriente de agua que muchas veces se secaba y que terminó dándole identidad a uno de los barrios más intensos y olvidadamente históricos de Montevideo. Porque Arroyo Seco no nació de una decisión administrativa. Nació de la geografía.

Avenida Agraciada entre Santa Fe y Entre Ríos.

EL BARRIO ARROYO SECO/Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para DIARIO URUGUAY.

Los profesores Barrios Pintos y Reyes Abadie recuerdan que ya en 1756 y 1757 se hablaba oficialmente del “paraje llamado Arroyo Seco”, mucho antes de las interpretaciones equivocadas que vinculaban el nombre al hacendado Juan José Secco. El arroyo existía realmente. Descendía hacia la bahía atravesando quintas y arenales, siguiendo aproximadamente el recorrido de la actual calle Entre Ríos hasta desembocar cerca de San Fructuoso.

Era un paisaje todavía rural

Montevideo apenas comenzaba a expandirse más allá de sus murallas y el camino hacia el Miguelete cruzaba primero aquella pequeña corriente irregular que unas veces corría viva y otras desaparecía bajo el sol. Quizás por eso el barrio siempre conservó algo ambiguo. Algo entre ciudad y recuerdo. Entre progreso y nostalgia. Entre agua y ausencia. Con el tiempo llegaron las chacras, los saladeros y las primeras residencias importantes.

En 1787 Miguel Ryan instaló uno de los primeros saladeros del país en la zona. Más tarde apareció la casa de Antonio Baltasar Pérez, en Agraciada y San Fructuoso, donde en 1814 se firmó la capitulación española que terminó con tres siglos de dominación colonial en el Río de la Plata. Pensar eso todavía estremece. Imaginar que en un rincón tranquilo de Arroyo Seco se definió parte del destino rioplatense mientras afuera seguía corriendo un pequeño arroyo semiseco hacia la bahía.

Plazoleta Joaquín Suárez


Después llegó Joaquín Suárez

Finalizada la Guerra Grande en 1852, el presidente de la Defensa se retiró a vivir a su quinta del Arroyo Seco, semidestruida por los años de conflicto. Allí pasó sus últimos días, rodeado por un barrio que lentamente empezaba a transformarse en ciudad. Pero Arroyo Seco nunca dejó de ser una frontera entre épocas. Mientras Montevideo combatía epidemias y expandía avenidas, el barrio construía calzadas sobre arenales, levantaba escuelas gratuitas, instalaba tranvías y desarrollaba estaciones ferroviarias donde la carne llegaba desde Santiago Vázquez para alimentar a toda la capital.

La Estación del Norte, donde hoy se levanta el Palacio de la Luz, fue uno de los grandes corazones industriales del país. Allí las locomotoras entregaban sus vagones a caballos que continuaban el reparto hacia los mercados.

Calle Santa Fé entre Avenida Agraciada y Paraguay. Pleno corazón: Barrio Arroyo Seco

Era una postal extraordinaria

Hierro, humo, caballos y barro conviviendo en un mismo paisaje. Y mientras el progreso avanzaba, Arroyo Seco también inventaba cultura. En 1892 nació allí el primer Jardín de Infantes del Uruguay. Poco después se levantó la iglesia del Perpetuo Socorro, cuyas campanas todavía parecen dialogar con la memoria del barrio.

En 1895 apareció el increíble Velódromo de Arroyo Seco, construido sobre la quinta de la familia Iglesias Canstatt. Tenía pista de madera, curvas peraltadas y carreras elegantes donde competían jóvenes de familias acomodadas mientras las damas llegaban en carruajes con grandes capelinas. Y en 1898 ocurrió algo todavía más extraordinario: allí se filmó “Carrera de bicicletas en el velódromo de Arroyo Seco”, considerada la primera película realizada en Uruguay y una de las primeras de América Latina. Es como si el barrio hubiese estado siempre adelantado al tiempo. Porque Arroyo Seco tuvo arroyo antes que calles. Tuvo cine antes que muchas capitales latinoamericanas. Tuvo tranvías eléctricos, velódromos, usinas y castillos cuando Montevideo todavía aprendía a modernizarse. Y entre todas esas historias aparece el legendario Castillo Muñoz.

Una residencia enorme, rodeada por parques y atravesada por el viejo arroyo. Allí convivieron generaciones enteras de la familia Muñoz del Campo. Allí se casó la familia Zorrilla de San Martín. Allí creció parte del universo emocional de China Zorrilla. Pero incluso aquel castillo terminó desapareciendo.

Como desapareció el velódromo.
Como desaparecieron las quintas.
Como desaparecieron las vías.
Como desapareció el arroyo mismo. Porque el progreso también demuele memorias.

Tacconi lo escribió con dolor elegante: el martillo del rematador, la cinta métrica y el protocolo del escribano fueron borrando lentamente el viejo paisaje de cercos de pita, árboles monumentales y campos abiertos.

El ladrillo ganó la batalla

Las quintas se transformaron en manzanas. Los terrenos se subdividieron. Las calles se multiplicaron. Y sin embargo, algo sobrevivió. Porque Arroyo Seco nunca fue solamente un barrio físico. Fue una forma de pertenecer. Una mezcla rara de historia nacional y memoria doméstica. De progreso industrial y sensibilidad barrial. De tranvías y arroyos. De castillos y almacenes. De presidentes y vecinos comunes sentados en la vereda. Quizás por eso quienes caminaron sus calles sienten que el barrio todavía tiene algo escondido bajo la piel. Como si debajo del cemento siguiera corriendo lentamente aquella pequeña corriente de agua que a veces se secaba y otras veces volvía a aparecer después de la lluvia.

El viejo arroyo

Invisible. Silencioso. Obstinado. Negándose a desaparecer del todo.


El repecho de Avenida Agraciada entre las calles San Fructuoso y Entre Ríos.

Fotos: Antonella Mérica (Diario Uruguay)

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