Tenés que saber que hay esquinas que parecen construidas solamente con ladrillos. Y hay otras que terminan hechas de memoria. En Arroyo Seco, la proa de Agraciada y Paraguay fue durante décadas mucho más que un punto urbano: fue un símbolo silencioso del barrio, una especie de barco inmóvil mirando hacia el futuro de Montevideo mientras el tiempo pasaba alrededor suyo. Allí, en medio de árboles, senderos y el viejo rumor del arroyo que daba nombre a la zona, existió una de las residencias más extraordinarias que tuvo la ciudad: el Castillo Muñoz. La historia parece salida de una novela.

EL BARRIO ARROYO SECO/Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para DIARIO URUGUAY. Fotoperiodista Antonella Mérica
Mientras el Uruguay todavía terminaba de acomodarse entre guerras civiles, modernización y oleadas inmigratorias, la familia Muñoz convirtió su quinta de Arroyo Seco en un universo propio. Todo comenzó durante el gobierno militarista de Máximo Santos, cuando los hermanos Daniel y Enrique Muñoz fueron obligados al exilio en Buenos Aires. Allí Enrique conoció a Guma del Campo. Se enamoraron, se casaron y, terminada aquella etapa política turbulenta, regresaron a Montevideo para instalarse definitivamente en la quinta familiar de Agraciada y Entre Ríos.
La casa era desmesurada para la época.
Una construcción señorial de tres pisos, con dos torreones, techos de pizarra y enormes salones que parecían traídos desde Europa. Toda la fachada estaba abrazada por enredaderas y el parque se extendía como un pequeño reino privado en medio del barrio. Incluso el viejo arroyo Seco cruzaba parte del jardín y, cuando llovía fuerte, llegaba a desbordarse como si quisiera recordar que antes de las avenidas había existido allí un cauce verdadero. La biografía de China Zorrilla escrita por Diego Fischer describe aquella residencia con una mezcla de asombro y nostalgia. Porque el Castillo Muñoz no era solamente una casa rica: era una forma de vivir.
Veintitrés habitaciones.
Torreones.
Subsuelo enorme.
Dependencias de servicio.
Ventanas abiertas al parque.
Todo había sido pensado para que los hijos del matrimonio siguieran viviendo allí incluso después de casarse. La quinta funcionaba como una pequeña ciudad familiar donde convivían generaciones enteras bajo un mismo techo. Y alrededor de aquella mansión aristocrática seguía latiendo Arroyo Seco.

El barrio de tranvías, obreros, quintas antiguas, niños jugando en las veredas y vecinos que todavía dejaban las puertas abiertas. Quizás por eso el castillo terminó convirtiéndose en una especie de mito barrial. Una presencia casi fantástica que sobresalía entre las casas comunes como un recuerdo europeo perdido junto al viejo arroyo. Allí ocurrió también uno de los acontecimientos sociales más importantes del Montevideo de comienzos del siglo XX.

Fue en esa residencia donde el escultor José Luis Zorrilla de San Martín pidió la mano de Guma “Bimba” Muñoz del Campo. Y fue también allí donde se celebró el casamiento religioso, el 24 de febrero de 1919, en una ceremonia que sacudió a la sociedad montevideana de la época. Después de casarse, la pareja se instaló en el tercer piso del castillo, en el torreón derecho.
Allí crecieron sus hijas.
Allí transcurrieron veranos enteros.
Allí nació una parte importante de la sensibilidad cultural uruguaya. Porque aquella casa terminó ligada para siempre al universo artístico y emocional de China Zorrilla, una de las figuras más queridas de la cultura rioplatense. Y mientras tanto, el barrio seguía cambiando alrededor suyo. Muy cerca de allí, en 1898, el armador catalán Félix Oliver había filmado “Carrera de bicicletas en el velódromo de Arroyo Seco”, considerada la primera película realizada en Uruguay y una de las primeras de América Latina. Es como si Arroyo Seco hubiese tenido siempre una relación secreta con los sueños modernos: el cine, los tranvías, el deporte, las grandes residencias, las estaciones ferroviarias. Un barrio donde convivían el barro del antiguo arroyo y la sofisticación de una ciudad que quería parecerse a Europa. Pero ninguna grandeza es eterna.
En 1936 murieron Enrique Muñoz y Guma del Campo con apenas meses de diferencia. Poco después, las deudas acumuladas por el mantenimiento del castillo obligaron a la familia a vender la propiedad. Y con aquella venta terminó una época.
El castillo fue desapareciendo lentamente de la vida cotidiana del barrio hasta convertirse en recuerdo. Como tantas construcciones legendarias de Montevideo, sobrevivió más en las historias que en las paredes. Sin embargo, todavía hoy, cuando uno pasa por Agraciada y Paraguay, parece quedar algo suspendido en el aire. Una especie de sombra elegante. Un eco de carruajes entrando por la avenida. El reflejo de las capelinas bajo los árboles. El rumor del arroyo cruzando el jardín. Porque algunos lugares nunca terminan de irse. Y en Arroyo Seco, la vieja proa de Agraciada y Paraguay sigue navegando en la memoria del barrio como un barco detenido en el tiempo.

