Hubo un tiempo en que Arroyo Seco escuchaba un ruido distinto. No era el de los tranvías. Ni el silbato de las locomotoras. Ni tampoco el rumor cansino del viejo arroyo que había dado nombre al barrio. Era el sonido veloz de las bicicletas sobre la madera. A fines del siglo XIX, cuando Montevideo comenzaba lentamente a modernizarse y la ciudad todavía mezclaba carruajes con sueños europeos, Arroyo Seco se convirtió inesperadamente en uno de los escenarios deportivos más fascinantes del Uruguay: el Velódromo de Arroyo Seco. La historia parece increíble incluso hoy.
EL BARRIO ARROYO SECO /Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para DIARIO URUGUAY
En 1895, la firma “Carrara & Volonté” inauguró un enorme velódromo en terrenos de la antigua quinta de la familia Iglesias Canstatt, una propiedad histórica que ya había sido protagonista de episodios fundamentales del barrio. Aquellas tierras, ubicadas entre Avenida Agraciada, Entre Ríos, Zapicán y San Fructuoso, volvieron a transformarse, esta vez en un templo moderno de velocidad y espectáculo.
El velódromo tenía un piso de madera y curvas peraltadas que formaban una elipse perfecta de más de 333 metros. Para la época era una obra impactante. Un verdadero símbolo de progreso en un Montevideo que comenzaba a mirar con fascinación las novedades llegadas desde Europa. Allí competían jóvenes pertenecientes a familias acomodadas, integrantes del recientemente creado Club Nacional de Velocipedistas. Sus apellidos todavía resuenan como fotografías antiguas de la alta sociedad montevideana: Figari, Gracés, Barbieri, Parodi, Cassarino, Arangude, Aguerre, Ferretjan. Eran hijos de comerciantes, importadores e industriales que podían darse un lujo extraordinario para aquellos años: adquirir bicicletas artesanales construidas a pedido, verdaderas joyas mecánicas traídas con los últimos adelantos tecnológicos.
Mientras gran parte de Montevideo todavía avanzaba a caballo, ellos ya corrían sobre el futuro. Y el barrio entero observaba maravillado. Los días de carrera transformaban Arroyo Seco en una fiesta elegante y popular al mismo tiempo. Llegaban familias enteras en carruajes. Los hombres usaban sombreros de paja y trajes claros; las damas lucían vestidos largos, miriñaques y enormes capelinas que parecían flotar bajo el sol. Era deporte, pero también espectáculo social.
La velocidad fascinaba.
Imaginar hoy aquellas bicicletas entrando inclinadas en las curvas de madera emociona profundamente. El ruido seco de las ruedas, la multitud aplaudiendo, el perfume de la tarde mezclado con polvo y barniz, el vértigo de un país pequeño descubriendo la modernidad. Y hay un detalle todavía más extraordinario.
En 1898, el Velódromo de Arroyo Seco se convirtió en protagonista involuntario de un hecho histórico gigantesco: allí se realizó la primera filmación cinematográfica del Uruguay. La cámara registró precisamente una carrera de bicicletas en aquel escenario deportivo del barrio. Es decir que el primer movimiento filmado de la historia uruguaya nació en Arroyo Seco.
No fue un presidente.
No fue una guerra.
No fue un acto oficial. Fue una carrera.
Hombres pedaleando velozmente sobre una pista de madera mientras el país ingresaba, sin saberlo, a la era del cine. Pocas historias representan mejor el espíritu de Arroyo Seco: un barrio donde convivían memoria colonial, modernidad industrial y una asombrosa capacidad de reinventarse constantemente. Porque mientras en una parte del barrio todavía sobrevivían las viejas quintas históricas, en otra ya aparecían jardines de infantes modernos, iglesias nuevas, tranvías eléctricos y espectáculos deportivos multitudinarios.
Arroyo Seco parecía vivir siempre un poco adelantado al resto de la ciudad. Pero como ocurre tantas veces con las grandes obras urbanas, el velódromo tuvo una vida breve.
En 1903 comenzó a dar pérdidas económicas y finalmente fue demolido. La madera desapareció. Las bicicletas dejaron de girar. Los carruajes dejaron de llegar. El ruido de las carreras se apagó. Y sin embargo, algo quedó. Porque algunos lugares sobreviven mucho después de haber sido derribados. Sobreviven en la memoria de los barrios. En las fotografías amarillentas. En las historias repetidas entre generaciones. En el orgullo silencioso de saber que allí ocurrió algo irrepetible.
Hoy casi nadie imaginaría que en esas calles tranquilas de Arroyo Seco existió uno de los escenarios deportivos más modernos del Uruguay de fin de siglo. Mucho menos que allí nació el cine nacional. Pero el barrio lo sabe. Y quizás cuando cae la tarde sobre Agraciada y el viento baja lentamente hacia la bahía, todavía parece escucharse algo. El eco de las ruedas sobre la madera. La multitud aplaudiendo. La respiración agitada de los corredores.
El viejo Arroyo Seco corriendo, una vez más, hacia el futuro.

