En la esquina de Avenida Agraciada y San Fructuoso, en el viejo corazón de Arroyo Seco, existió una casa que no fue solamente una residencia familiar. Fue escenario de la historia grande y refugio de la vida cotidiana. Una mansión donde convivieron esclavos, peones, comerciantes, soldados, presidentes y vecinos. Una casa donde el destino del Río de la Plata cambió para siempre. Los antiguos la conocieron como la Casa de los Pérez.

EL BARRIO ARROYO SECO/Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para DIARIO URUGUAY.

Mucho antes de que el barrio tuviera el movimiento de tranvías, almacenes y conventillos obreros, aquella zona era apenas un paisaje de quintas, arenales y caminos rurales atravesados por el pequeño arroyo que daría nombre al barrio. Allí, alrededor de 1790, el acaudalado comerciante gallego Don Antonio Baltasar Pérez levantó una residencia imponente para la época. Había llegado desde Santiago de Compostela con el empuje de los inmigrantes españoles que buscaban fortuna en América. Y la encontró.

La quinta era enorme. Rodeada de terrenos amplios, árboles y caminos de tierra, dominaba una parte importante del paraje Arroyo Seco. Allí vivía Antonio Baltasar Pérez junto a su esposa, Doña María Cerantes y Pedrera, nueve hijos, treinta esclavos y veinte peones, en una estructura social que retrataba crudamente la realidad colonial de finales del siglo XVIII. Pero lo que transformó aquella casa en un símbolo histórico fue algo que ocurrió el 20 de junio de 1814.

Montevideo estaba sitiada. El poder español se derrumbaba lentamente en el Río de la Plata. Y en el oratorio público anexo a la mansión se celebró una reunión decisiva. Allí, entre paredes silenciosas y rezos todavía frescos en la pequeña capilla familiar, el general Carlos María de Alvear, jefe del ejército sitiador, pactó con los representantes españoles la capitulación de la Plaza de Montevideo.

La ceremonia quedó grabada para siempre en la memoria del país. Porque aquella firma significó mucho más que un acuerdo militar: fue el primer gran paso hacia el final definitivo de la dominación española en esta tierra después de tres siglos. Imaginar hoy esa escena emociona. Pensar que en una esquina común del barrio Arroyo Seco se decidió una parte esencial de la libertad rioplatense. Que donde después pasarían tranvías, vendedores ambulantes y niños jugando a la pelota, alguna vez se reunieron hombres que estaban cerrando una era histórica entera.

El escritor Emilio Carlos Tacconi recordó en 1980 que aquella reliquia histórica seguía siendo uno de los símbolos más profundos del barrio. Porque la Casa de los Pérez no pertenecía solamente a una familia: pertenecía ya a la memoria colectiva de Montevideo. Con el paso de los años, la residencia continuó viendo desfilar épocas enteras. Después de la Guerra Grande, en 1852, el presidente Joaquín Suárez se retiró a una casa quinta en Arroyo Seco, semi destruida por los años de conflicto. Allí vivió sus últimos años hasta su muerte en 1868. Más tarde, el lugar quedaría unido definitivamente a su memoria cuando se levantó la estatua que hoy ocupa la plaza que lleva su nombre. Mientras tanto, el barrio seguía creciendo alrededor de aquellas viejas construcciones coloniales.

En 1857 las autoridades comenzaron a mejorar el acceso hacia las chacras del Miguelete, construyendo calzadas sobre los arenales del arroyo Seco. Montevideo buscaba escapar de las epidemias, especialmente de la fiebre amarilla, y muchas familias encontraban en estas zonas abiertas un aire más saludable que el hacinamiento del casco urbano. Y junto al crecimiento llegaron también las primeras señales de vida comunitaria organizada.

En 1871 la Sociedad Amigos de la Educación Popular instaló cerca del Arroyo Seco la “Escuela de los Treinta y Tres”, dirigida por el educador José Arimany. Era otra forma de fundar futuro en el barrio: no ya con guerras ni acuerdos militares, sino con educación. Así, Arroyo Seco comenzó lentamente a convertirse en algo más que un antiguo paraje colonial. Se volvió barrio.

Un barrio donde la historia nacional convivía con las historias mínimas: las familias en las veredas, los almacenes de confianza, las puertas abiertas, el sonido de los carros y el olor a café de las mañanas. Y en medio de todo eso seguía respirando, silenciosa, la vieja Casa de los Pérez. Tal vez ya no queden intactas aquellas paredes originales. Tal vez el tiempo haya modificado la fisonomía del lugar. Pero hay sitios que no desaparecen nunca del todo. Porque algunas construcciones sobreviven más allá de los ladrillos. Sobreviven en la memoria de un barrio que todavía recuerda que, en aquella esquina de Agraciada y San Fructuoso, una vez se escribió una parte decisiva de la historia del Uruguay.

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