No hay caso, hay barrios que nacen de un plano. Y hay otros, como Arroyo Seco, que nacen de un rumor de agua. Aunque hoy a muchos les parezca extraño, el arroyo existió de verdad. Era una pequeña corriente que descendía lentamente hacia la bahía, siguiendo el recorrido de lo que actualmente es la calle Entre Ríos hasta desembocar cerca de San Fructuoso. A veces llevaba agua; otras veces, el verano lo dejaba seco, convertido apenas en una cicatriz de barro entre los campos de la vieja Montevideo colonial. Y precisamente de esa condición cambiante nació su nombre: Arroyo Seco.

EL BARRIO ARROYO SECO/Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para DIARIO URUGUAY.
Mucho tiempo después, cuando el barrio ya estaba lleno de casas, tranvías, almacenes y conversaciones de vereda, todavía quedaba algo invisible de aquella corriente original: una manera lenta y humana de convivir. Los profesores Barrios Pintos y Reyes Abadie recordaban que ya en 1756 y 1757 existía oficialmente la denominación “Arroyo Seco”, mucho antes de que algunos intentaran relacionarla con el hacendado Juan José Secco. Aquellas primeras referencias aparecen en solicitudes de tierras hechas por Cosme Álvarez Romero y Francisco Castellano en el “paraje llamado Arroyo Seco”. Era una Montevideo todavía naciente, con caminos de tierra que salían desde el portón de San Pedro hacia el Cerrito y el Miguelete. Y allí estaba el pequeño arroyo, atravesando la historia antes incluso de convertirse en barrio.
En 1758, el alguacil Martín José Artigas tomó posesión oficial de aquellos terrenos “en el arroyo nombrado Seco, territorio perteneciente al ejido de esta Ciudad”. Nadie imaginaba entonces que ese rincón humilde terminaría formando parte de una de las zonas con más memoria emocional de Montevideo. Porque Arroyo Seco no creció solamente entre fechas y documentos. Creció entre vidas.
En 1727 las primeras chacras comenzaron a instalarse cerca del arroyo Miguelete siguiendo el viejo camino que más tarde sería la Avenida Agraciada. Después llegaron los saladeros. En 1787 Miguel Ryan instaló uno de los primeros establecimientos del país en aquellas tierras donde el olor del cuero, la grasa y el trabajo duro empezaban a mezclarse con el viento de la bahía. Para 1798 ya existían pequeños caseríos dispersos en las inmediaciones del arroyo. Casas bajas. Fogones. Patios de tierra. Familias enteras construyendo futuro en un borde todavía lejano de la ciudad. Y alrededor de 1800 apareció una de las construcciones más emblemáticas de la zona: la residencia del comerciante español Antonio Baltasar Pérez, levantada en la esquina de Agraciada y San Fructuoso. Aquella quinta no sería una casa cualquiera. Años después se convertiría en escenario de uno de los momentos decisivos del Río de la Plata.
Junio de 1814.
Mientras el continente todavía ardía en guerras e incertidumbres, en la capilla de la quinta de Antonio Pérez se firmó la capitulación de las fuerzas españolas, hecho que marcó el final de tres siglos de dominación del Reino de España en esta región. Es difícil imaginarlo hoy.
Pensar que en aquellas calles donde después jugarían niños con pelotas de trapo, donde los vecinos sacarían sillas a la vereda durante el verano, donde las puertas permanecerían abiertas hasta entrada la noche, alguna vez se decidió una parte enorme de la historia rioplatense. Con el tiempo, la propiedad pasó por distintas manos hasta llegar a la familia Iglesias Canstatt, que transformó su fisonomía y la convirtió en la recordada Quinta de Iglesias, nombre con el que el barrio la identificó durante gran parte del siglo XX. Pero quizás la verdadera grandeza de Arroyo Seco nunca estuvo solamente en sus episodios históricos.
Estuvo en la vida cotidiana. En las mañanas de pan recién horneado. En el sonido de los tranvías. En los obreros caminando hacia el puerto. En los muchachos jugando en Entre Ríos. En las madres llamando desde las puertas abiertas. En el almacenero que conocía el nombre de cada familia. Porque Arroyo Seco fue mucho más que una ubicación geográfica: fue una identidad compartida.
Un barrio donde las historias personales terminaban mezclándose con la memoria colectiva. Donde cada fotografía guardada en un cajón conserva todavía una parte de la ciudad que desapareció sin hacer ruido. Donde las paredes viejas todavía parecen guardar conversaciones enteras. Quizás por eso quienes nacieron o crecieron allí hablan del barrio como quien habla de un pariente querido. Porque Arroyo Seco no se recuerda solamente. Se lleva adentro.
Fotos: Archivo de Diario Uruguay
